“Un jacarandá y el último dragón de arena”, la novela de Jaime Campusano Troncoso

Iquique 19 de abril de 2021 Por Editor
El sábado 10 de julio en Iquique será lanzada esta novela del “profe” Campusano.
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Jaime Campusano Troncoso

Mi novela la componen 31 cuentos concatenados, es decir, son 31 eslabones que el lector, de modo copadeciente, debe unir para comprender el todo. La mayoría de las narraciones se desarrollan en las décadas ’40’50 y ’60 partiendo por el “asesinado” de mi bisabuela, doña Rita Jurado de Troncoso, una matrona titulada en la Escuela de Medicina de Valparaíso que regresó a Iquique el año 1902 con mi abuelo ya crecido sin creer nadie el dudoso cuento de su viudez. Rita desarrolló su profesión en las oficinas salitreras más cerca de Iquique; el año 1939 dejó de asistir partos y se instaló en su casa conocida como La Casa del Jacarandá, por el árbol inmenso que coronaba la esquina de Thompson con Arturo Fernández, barrio que con el tiempo se llenó de putas. 

Dama de la escasa y snob socialité iquiqueña, mi bisabuela Rita acaparó la fama de roba maridos y Mesalina que se llevó a la cama a quien ella quiso, así fue como llegaron dos pintores de brocha gorda a remozar su casa antojadizamente toda de colores lila y lavanda. Los hermanos Rojas, de 24 y 26 años respectivamente, hijos de una pescadora de la caleta, eran dos raterillos, viciosos, sin escolaridad que terminado el trabajo decidieron robar plata y joyas a la vieja de 72 años, pero nunca imaginaron que la anciana los sedujo, los calentó y se los comió vivos en una noche de orgía. Al amanecer la vieja calata, llena de los jugos sexuales de sus dos imberbes amantes, los dejó acostados aún medio borrachos, se encerró en el baño, allí tropezó y azotó la cabeza contra la cómoda de las toallas…murió…

PROLOGO

No basta con ser iquiqueño antiguo; al decirlo, además debes especificar que procedes de algún barrio, por ejemplo: de Orella arriba, de la Plaza tanto, del centro, del sector del hospital, de Cavancha, del Colorado, del Morro, etcétera.

Yo nací el ’45 en Amunátegui con Unión, pero el año ‘50 mi familia toda se cambió (en Iquique no se usa “se mudó”) a Arturo Fernández entre Zegers y Latorre cuando el actual Agro y sus alrededores eran quintas como pequeños oasis o parches cuadrados de un verde esponjoso, los estanques de agua potable (?) que surtían al puerto, se veían desde todos lados y, la futura Zofri era ocupada por la industria pesquera, un club llamado Iquitados, por la Siberia y el Cementerio dos. Hacia el otro lado, al sur: un aeródromo, el estadio, un polígono y un derruido frigorífico daban marco sur al abandono y la desesperanza de un Iquique con escasez de todo, cesantía, sueños incumplidos y un pasado glorioso, tanto histórico como productivo, que no alcanzaba para disimular el nulo surgimiento de los años ‘50. 

La política olía a azufre, a radicalismo fiambre, a atmósfera gris atizada por González Videla y su cohorte lúdica digna de la Revista Topaze, un pasquín con caricaturas de gobernantes que ojeábamos y hojeábamos semana por medio en la peluquería del japonés Tanaka en calle Juan Martínez. 

Mis primeras colas por un octavo de aceite y medio kilo de harina, fueron con Ibáñez del Campo. En casa, la abuela hablaba de la “carestía de la vida”, la metáfora menos poética que tiene la miseria.

Producto de un fallido esfuerzo aspiracional de mis padres que intentaron que yo estudiase en el Trinity College, deambulé con posterioridad por el Don Bosco hasta llegar a la inolvidable Escuela N° 1 Domingo Santa María y de ahí al Liceo.

Al tiempo, Alessandri (el Paleta) surgía como la salvación; en el intertanto, mi infancia devino en adolescencia y el mismísimo verano del 1961 emigramos, con camas y petacas a la Capital. 

Santiago lejano nos obnubilaba y llenaba de esperanza la tristeza provinciana de entonces, nos esperaba otra posibilidad de vida, otro paisaje, otro clima, otra gente diferente e indiferente. Atrás quedó la década eje y clave de mi existencia, un universo que, en desmedro de sólida realidad, tuve la insólita oportunidad de llenarlo con imaginación, seres y vida inventadas, receta que aún remece mis recuerdos cada vez que vuelvo a la Tierra de Campeones y paso por el viejo barrio, hoy con gente nueva, distinta. In situ, evoco la dicha de ser el trashumante, no sé aún si feliz, que retorna en cuerpo y alma a Arturo Fernández entre Zegers y Latorre. 

CONTRAPORTADA

De niño aprendí, no sé de quién, a expresar el placer con dolorosos gemidos o con llanto: si me preguntaban si eso o aquello me gustaba, yo asentía lloriqueando como si ser feliz me hiciera culpable o fuera una falta. 

Los iquiqueños llevamos dentro, enraizado con múltiples matices telúricos en el alma, una imagen del puerto glorioso, generalmente ligada al deporte, la historia, al salitre o a retazos de recuerdos; “mi” Iquique fue, es y será diferente, lleno de tabúes y vacíos sin respuestas, envueltos todos en un exquisito e infinito cinismo ancestral.  Adoro Iquique, pero algo de él me hace sufrir. 

DEDICATORIA

La novela está dedicada a Enrique Lombardi Solari, un iquiqueño que recorrió el mundo, atravesó por  nuestros corazones regalándonos amistad y nobleza, finalmente cruzó la avenida…

A Ruth por saber perder bien, que es mejor que ganar mal. 

Al Grupo de Chat: Té con Yerba Luisa.

(Toda semejanza con personajes, lugares o situaciones, es falsa, incierta o simplemente, una casualidad narrativa adaptada. Este volumen de cuentos es el producto de décadas de chismes iquiqueños de mi barrio que avanzaron de oreja a oreja, hasta transformarse en antojadizos mecanismos de ajuste).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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